Lima, Perú. Son curiosas las reflexiones que traen consigo los domingos. Aunque, en honor a la verdad, el relato que viene a continuación lo vengo masticando ya desde hace cierto tiempo; no me animaba a escribirlo, sea por temor a no conseguir el efecto esperado, sea por mi conducta asceta de los últimos tiempos, sea por lo que fuere, el motivo es lo de menos. Pues aquí va.
Los noventas fueron una época de cambios, eso ni dudarlo. Tenía yo alrededor de seis años cuando vi por primera vez aquel hermoso e imponente Datsun Skyline en la puerta de mi hogar. Pero no es el vehículo el que robo mi atención sino el conductor, el comandante, tan hermoso, imponente y robusto como su navío. Era Pepe. O Don Pepe, como habría de llamarlo de ahí en adelante. Sus cabellos canos, la sonrisa perfecta y el candor humano fueron la bienvenida a esa transición confusa de cuando uno inicia la etapa escolar.
Al mismo tiempo, y en paralelo, culminaba una vertiginosa carrera electoral, tras la fragmentación de la Izquierda Unida, el ascenso de Fujimori al poder, la consolidación de Sendero Luminoso en el interior del país. Pero todo ello era como ajeno para mí, y uno añora con el tiempo la calma y tranquilidad que ofrece la ignorancia. Yo no me percataba de la hecatombe de aquella época.
Pero continuemos con el relato en sí, que es lo que importa por ahora. Mis padres habían decidido -sin consultarme, por supuesto- que yo debía estudiar en una escuela católica y Don Pepe era el encargado de llevarme y traerme de regreso para tal titánica labor. La rutina era más o menos la misma todos los días. Despertarse muy temprano, calzarse el uniforme plomo que Mocha Graña diseñó bajo encargo de Velasco para homogeneizar la vestimenta de los baluartes del futuro nacional. Y esperar a Don Pepe, por supuesto.
Pero, ¿cuál era la otra vida -la verdadera- de Don Pepe? Porque, vamos, en su carrito de tono magenta cabríamos a lo mucho unos seis infantes, y no sé si los ingresos económicos que por trasladarnos sanos y salvos de la casa a la escuela y viceversa fuese suficiente para pagarse los frijoles y otras necesidades. Pero vaya que nunca me pregunté por ello, al menos no hasta ahora. Sabía de buena fuente que en un pasado no muy remoto Don Pepe había querido ser sacerdote salesiano y que tras conocer al amor de su vida -que luego habría de ser su esposa, tan sonriente como él- desistió de tan cuestionable vocación. Vivía él en una modesta casita cercana a la mía, pero -caramba- nunca tuve la fortuna de ver el interior de la mía.
Reniego de la epidemia del consumismo actual, efecto adverso del liberalismo descocado. Reniego de la dictadura del dinero, la occidentalización y banalización del espectáculo. No son temas que planee discutir ahora, pues además, Hildebrandt ya ha descrito muy bien lo catastrófico del vivir bajo dicha doctrina. Pero era importante mencionar todo ello pues, hubo un tiempo en el que mi imperfecta familia fue, digamos que, muy feliz. O al menos así lo recuerdo yo, y eso fue durante los noventa. Y vaya que no la tuvimos nada fácil. Errantes, nómadas durante años, sobreviviendo entre apagones y el insomnio de mi padre, mi abuelo paterno nos cedió un terreno en el cual se forjaría La Casita, nuestra fortaleza, erigida bajo el puño luchador de mi madre. Recuerdo las mudanzas, las lágrimas, esa sensación perpetua de emigrante. Pero mucho cariño. Quizá sea por la ignorancia propia de la niñez que recuerdo esas épocas como las más felices, mis hermanas jugando, mi padre llegando de trabajar cansado, agobiado, pues, la clase media fue la que más pagó por las reformas económicas traídas por Fujimori, y no fue fácil sobrevivir a todo ello. Pero ahí estábamos nosotros, sobreviviendo, unidos los cinco, junto al niño símbolo de esta Teletón: Ruffo, nuestro canino acompañante. Con el tiempo poco a poco nos iríamos separando, sea por viajes de estudio -'el progreso está en Lima'- o por taras propias de nuestra condición humana. Y, ustedes saben, ya después de eso es difícil que una familia pueda juntarse otra vez.
En el carro de Don Pepe, durante el trayecto para ser más específicos, iban subiendo otros muchachos, quienes -creo- iban también a la misma escuela que yo. Y parecían tan grandes en dimensiones y experiencia que, sentíame yo muy intimidado al lado de ellos. Prefería evitarlos, y sentado junto a la ventana del Datsun magenta miraba las calles, las personas, los cerros lejanos. Y a veces, podía vislumbrarse a la luna en horas matinales. La miraba atento, todo el trayecto y aún durante las clases, y no entendía por qué seguía ahí; 'La luna sigue mis pasos', pensaba, en paranoide conclusión.
¿Qué habrá sido de la vida de estos muchachos? Y entonces reparo en una pregunta de mayor significancia: ¿Qué habrá sido de la vida de Don Pepe? ¿Qué pensaría él si me viera ahora? ¿Estaría decepcionado hasta las lágrimas, inflaría el pecho de orgullo? ¿Sería él un demócrata de respeto, un facho sonrojante o un progresista de humor envidiable? ¿Habrá sido un hombre feliz o un cretino asolapado? No lo sé, y no sé si mis futuras inquisiciones traigan algunas respuestas. Y por ello me reafirmo en un tema que he discutido anteriormente: ¿Por qué no conversamos más? ¿Por qué no averiguamos qué hay detrás de aquel ser o individuo con el que solemos reír, discutir, lo que fuere? ¿Por qué no escuchamos con mayor dedicación a los actores secundarios de esta película llamada vida?
Porque al final, todo transcurre tan rápido y son pequeños detalles los que hacen vivible, si en algo, esta vorágine que nos ha tocado padecer...