sábado, 26 de diciembre de 2009

El moralista frustrado

Con el transcurrir del tiempo, he comprobado - no sin sonrojante pavor -, lo efímero e ineficaz de un precepto para aplicar a todas las situaciones.
A las distintas comuniones.
Dígame Ud. ¿Cuántas veces no ha deseado respetar los designios que la conciencia mandan?
¿Cuántas veces juró y perjuró que no acabaría, que no cedería nunca en la obsesa lucha por la justicia?
Extraño ese calor adolescente. Esa pasión para entregarse al ideal.
La simpleza de las convicciones. La fuerza de las decisiones.
Queríamos cambiar el mundo.
Cual Víctor Hugo, soñaba con escribir la Biblia de la Humanidad, con la cual otorgar todo tipo de respuestas, que convenzan y conviertan al más vil e ínfame de los infieles.
Soñaba, incluso, vivir junto a ellos, los excluidos -término de por sí ya peyorativo-.
Y, propio de todo egomaniaco, soñaba con mi propia muerte, a lo Guevara, morir por mis creencias, mis ideales, mi filosofía, buena o mala pero mía.
Leía a Kant, renunciaba a todo tipo de religiones, y veía la vida con el gusto de la melancolía.
Ahora, unos años, cicatrices y kilos mayor, bostezo ante cada pincelazo de jóvenes que proclaman la autonomía de su propia rebelión.
Supongo que esto es a lo que se conoce como frustración.
Frustado de las políticas, los libros, las películas, los romances.
Las relaciones más imperfectas son ahora para mí las más sinceras.
Las relaciones pasajeras son las más tolerables, las que menos erizan la piel.
Gritábamos junto a esos otros locos que iba conociendo, que el dinero era una plusvalía.
Que, a lo Drexler, sólo urgía la guitarra (sea lo que eso signifique para cada uno de Uds.) y el amor de nuestra musa (independiente del género de la misma).
Gozábamos de los graznidos de mi guitarra, reíamos con el pisco, leíamos a Vallejo, y cantábamos a Silvio Rodríguez.
Hoy las cosas son - de lejos - mucho más simples y cotidianas, pero en efecto más reales.
Ahora la música de otros es la que mejor me describe. Cada vez que cojo la guitarra es para recordarme cuán diferente soy de aquel infante que soñaba con tanto. Prefiero la ginebra con agua tónica, leo sólo cosas de la profesión, pues resultan menos sádicas. Y si a veces, sólo algunas veces, vuelvo a cantar a Rodríguez, es para arrancar el desasosiego de la vida rutinaria.
Ya no escribo cartas de amor, pues he olvidado como hacerlo. O quizá se ha vuelto demasiado mecánico, y por ende, menos sincero.
La pereza me ha abordado. Ya no persigo a la musa. Creo que ella está mejor - mucho mejor - sin mí. Y a eso yo le llamo amor racional.
Juego con Francesca, la del amor sincero, y disfruto de sus ladridos y mordizcos. La acaricio, cuando por casualidad viene a hacerme compañía, sin que se lo pida, pero llega en el momento preciso.
Escribo una vez al mes - es un decir - a los amigos, quiénes pese al desasosiego aún me tienen cierta estima. Río o lloro con sus ocurrencias. Y a veces - sólo a veces -me reflejo en ellos, en su cansancio.
Si mirara al pasado y leyera lo que escribía años atrás, me moriría de la pena.
La moral que profesaba se ha esfumado.
El pragmatismo resulta más confortable.
Y si escribo esto, es para que Ud., desafortunado lector, abra el baúl de los recuerdos, abandone todo lo que ha venido haciendo sin convicción, y retome el sendero, la lucha, el ideal.
Algo que quisiera hacer, pero ya me da tanto miedo.
Curioso. Ha empezado a sonar Silvio Rodríguez en el tocadiscos...

jueves, 24 de diciembre de 2009

Se llamaba Sussan Cinthia...

Hola, Sussan.
'I wish you were here'.
Y decirte aquello que no puedo cuando estás junto a mí.
¿Por qué me tocas el rostro?
¿Por qué me pides que no viaje?
Si luego me abandonas sin ahondar en razones.
¿Qué quería decirte?
Que quiero renunciar - en la medida de lo posible -, a todo aquello que me aparta de ti.
Que te amo. Que esa relación 'sana' que llevábamos, merecería una continuidad infinita.
Sussan. Tus risas y frases imperfectas. Tus gentos y comentarios.
Sussan, ¿por qué tiene que ser tan difícil?
Conversábamos en nombre de terceros, hablando de lo nuestro.
Por lo menos así lo sentía yo.
Y tus amistades, que cada vez más te alejan de mí. O, dicho de un modo más objetivo, te permiten abrir los ojos y reconocer al ser imperfecto que ha estado rondándote por tanto tiempo.
Sussan, indigno de ti soy.
No soy atento, cortés, ni buen amante.
Nada de eso.
Y ellos, que tanta atención te brindan, pues en definitiva llenan espacios importantes para ti.
¡Maldición con los diferentes conceptos de amor!
¡Maldición con la vida misma!
Sussan, risueña e inocente.
Sussan, ya tan lejana a mí.
No te buscaré más; al menos lo intentaré. Lo prometo.
Pues, no quiero nuevos desplantes. Nuevos abandonos.
Nuevas disculpas frías.
Sussan, te amé con sinceridad, imperfecta, sí, pero honestidad brutal. A lo Sabina.

...

Aprendiendo a aceptarme como soy.
Supongo que cada uno tiene dones, 'gifts', para involucrarse con otros.
Yo, soy un paparulo que camina sin saber cuál es la real consistencia de sus pisadas.
Y las bebidas, y las amanecidas, con su abrazo sincero, que me espera, que me entiende.
Y al día siguiente, resfríos, psicomatizaciones u otros.
Y después, el cobijo materno. El calor de mis padres.
¡Hay gente que me quiere!
'Roberto Jesús , el mejor', dijo mi padre alguna vez. Quisiera sentirme digno de ello.
Pero la verdad es cada vez más lujuriosa y deja perplejos a los incautos parroquianos que cometen el error de prestarle demasiada atención.
Y yo aquí, con el traje y corbata, sentado, blasfemando.
Escribiendo los últimos adioces.
¡Quién fuera otro!
(No es fácil ser Alan Braddock. Y mucho menos para él. ¿O creo que era Rocky Keegan?)
¡Qué más da!
No es fácil ser un Bernardo.
No es fácil ser Roberto Bernardo.
Y entonces, bebo el último sorbo, me despido de ellos. Me calzo el saco. Y marcho hacia mi refugio.
Pues ha sido suficiente por hoy.

Tom Collins 3 am

Y, heme aquí. Como tantas otras veces. Cual circunstancia circunscripta a un concepto.
O a un talante... a un no sé qué.
Heme aquí, desvariando, divulgando poesías, escribiendo apoplejías.
Heme aquí, con el dolor, con el sufrimiento que carcome mis tejidos, corrompiéndolos, tornándolos en suculentos alimentos para los buitres - ésos -, que merodean cada uno de mis pasos.
El deseo por lo correcto. La tentación de lo incorrecto.
Heme aquí, silencioso, solitario, simbólicamente inexistente.
Cataclismo de futilidades.
Cataclismo de egomanías.
Las máscaras, recuerdos, lágrimas y eyaculaciones.
Heme aquí, perdido en el júbilo de mi inexistencia, perdido en el ápice de la inapetencia.
Perdido en los horizontes que determinan el recorrido de los mundos...
el recorrido de los suicidios.
Heme aquí, sucumbiendo, rememorando esa última imagen tuya.
Rodeado de seres a quienes poco importa mi figura.
Caos.
Caos.
¡Qué vano y sanguinario resulta el despertar!
Las oraciones y plegarias que proferimos en sutil - y vacía - esperanza por un mañana lleno de colores lúgubramente eclipsantes.
Heme aquí, destruido, corroído por la imperfección y la certeza de mis limitaciones.
¡Cuán ardua es esta labor de preservación de cordura!
Heme aquí, furibundo, taciturno. Meditabundo.
Recordando. Inflingiendo el corte paliativo al dolor.
Heme aquí, callado, con lágrimas internas que explotan, que dinamitan la entereza.
Heme aquí, víctima de vicisitudes, víctima de mi propia pereza.
¡Cuán solubles resultan las reminicencias de las pasiones!
Pasiones por minifaldas, pasiones por infracciones.
Solubles, disolubles. Enclenques. Marchitas.
Miro a los costados, y veo a los galifardos en su obsesa búsqueda de diversión.
¡Quién como ellos, para quienes el desenlace es lo único que importa!
Sentado aquí, pienso en todas aquellas cosas que me hubiese gustado escucharte pronunciar. Peor aún. Pienso en aquello que debí - o no debí - decir.
En fin, todo esto ya es de término y universo pretérito.
Cabisbajo, gaznápiro gandul que sólo osa ambular en territorios conocidos. Lo desconocido es lo emocionante, pero, temo tanto no encajar.
La dificultad de una sonrisa.
De una conversación vana.
De un remilgo de pasiones y sentimientos.
Heme aquí, desllozando los cantos de la vida frívola.
Vámonos. Vámonos hacia algún lugar nuevo, un nuevo instante, un nuevo inicio.
La emoción de la incertidumbre, pero - concientes - de la medraza, la ruina, la melancolía de la costumbre.
No soy de aquí ni soy de allá.
No pertenezco a ningún lugar.
Esta atenuante carga de incertidumbres, temores, frustraciones.
Grita.
Grita.
Grita, que el ruido es lo único que por hoy será tuyo.
Gime, escupe, expulsa toda carga negativa que te ha venido acompañando. (Es mejor no volverla a ver. Resulta nocivo en demasía).
Y, por ahí, mis padres, hermanos, amigos y otros.
Y Francesca, con su amor instintivo, pero de lejos, el más sincero.