Y, heme aquí. Como tantas otras veces. Cual circunstancia circunscripta a un concepto.
O a un talante... a un no sé qué.
Heme aquí, desvariando, divulgando poesías, escribiendo apoplejías.
Heme aquí, con el dolor, con el sufrimiento que carcome mis tejidos, corrompiéndolos, tornándolos en suculentos alimentos para los buitres - ésos -, que merodean cada uno de mis pasos.
El deseo por lo correcto. La tentación de lo incorrecto.
Heme aquí, silencioso, solitario, simbólicamente inexistente.
Cataclismo de futilidades.
Cataclismo de egomanías.
Las máscaras, recuerdos, lágrimas y eyaculaciones.
Heme aquí, perdido en el júbilo de mi inexistencia, perdido en el ápice de la inapetencia.
Perdido en los horizontes que determinan el recorrido de los mundos...
el recorrido de los suicidios.
Heme aquí, sucumbiendo, rememorando esa última imagen tuya.
Rodeado de seres a quienes poco importa mi figura.
Caos.
Caos.
¡Qué vano y sanguinario resulta el despertar!
Las oraciones y plegarias que proferimos en sutil - y vacía - esperanza por un mañana lleno de colores lúgubramente eclipsantes.
Heme aquí, destruido, corroído por la imperfección y la certeza de mis limitaciones.
¡Cuán ardua es esta labor de preservación de cordura!
Heme aquí, furibundo, taciturno. Meditabundo.
Recordando. Inflingiendo el corte paliativo al dolor.
Heme aquí, callado, con lágrimas internas que explotan, que dinamitan la entereza.
Heme aquí, víctima de vicisitudes, víctima de mi propia pereza.
¡Cuán solubles resultan las reminicencias de las pasiones!
Pasiones por minifaldas, pasiones por infracciones.
Solubles, disolubles. Enclenques. Marchitas.
Miro a los costados, y veo a los galifardos en su obsesa búsqueda de diversión.
¡Quién como ellos, para quienes el desenlace es lo único que importa!
Sentado aquí, pienso en todas aquellas cosas que me hubiese gustado escucharte pronunciar. Peor aún. Pienso en aquello que debí - o no debí - decir.
En fin, todo esto ya es de término y universo pretérito.
Cabisbajo, gaznápiro gandul que sólo osa ambular en territorios conocidos. Lo desconocido es lo emocionante, pero, temo tanto no encajar.
La dificultad de una sonrisa.
De una conversación vana.
De un remilgo de pasiones y sentimientos.
Heme aquí, desllozando los cantos de la vida frívola.
Vámonos. Vámonos hacia algún lugar nuevo, un nuevo instante, un nuevo inicio.
La emoción de la incertidumbre, pero - concientes - de la medraza, la ruina, la melancolía de la costumbre.
No soy de aquí ni soy de allá.
No pertenezco a ningún lugar.
Esta atenuante carga de incertidumbres, temores, frustraciones.
Grita.
Grita.
Grita, que el ruido es lo único que por hoy será tuyo.
Gime, escupe, expulsa toda carga negativa que te ha venido acompañando. (Es mejor no volverla a ver. Resulta nocivo en demasía).
Y, por ahí, mis padres, hermanos, amigos y otros.
Y Francesca, con su amor instintivo, pero de lejos, el más sincero.
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