sábado, 8 de septiembre de 2012

Conversación sobre La Catedral

Una visita rápida.
Pensé que duraría más, mucho más.
Quería que durara más.
Estar junto a ti.
Escucharte.
Que me escuches.
Un abrazo, una caricia.
Fue corto.
¡Pero vaya si fue bueno!

Llevarte a degustar uno de tus platos preferidos.
No sé si alguna vez lo mencionaste, pero sabía que te gustaba comer eso.
¿Será que con los años he aprendido a descifrar tu lenguaje no hablado?
¿O será que los gustos culinarios se transmiten autosómicamente?

Pero más allá de los placeres burgueses,
más allá de todos esos detalles,
qué hermoso es conversar contigo,
con ese hablar lento y pausado tan característico de ti.
Tan característico de mí.
Y esos tópicos comunes, que se inician con Condorcanqui y culminan en épocas actuales.
¿Qué te puedo decir?

Luego, una discreta caminata.
Caminar.
Y recordar.
Cada vez nos vemos menos.
Por uno u otro motivo.
Y si bien ahora no compartiremos el goce de ver dicho partido,
el cariño, vaya que no se ha modificado en absoluto.

Entrar a la librería y preguntar por aquel diario íntimo.
Quería que lo leyeras, quería que te redescubrieras.
Quería que tengas algo mío.
Quería saber que aún a la distancia habría algo que nos une más allá de formalidades.
Quería... ¿Qué quería?
No lo sé, pero al escribir eso no he mentido,
cómo te quiero viejo, y qué orgullo por ti siento...