(Lima, Perú)
-¡Ay de aquel hombre que se enamore de ti!- dijo la tía Pocha, y Manuela se sintió muy satisfecha. Se sabía indomable, imbatible. Única. Esa había sido su característica, su sello personal. Poseedora de una inteligencia abrumadora, su ideario y credo eran difíciles, muy difíciles de contrariar. Quizá por ello fue expulsada del colegio católico en el segundo de media; era inconcebible para ella eso de un parto en una mujer inmaculada, un insulto al raciocinio. -Eres hija de tu padre, pues- sentenciaba la tía Pocha.
En aquellos años se hablaba de la Revolución. Cuba y China eran los tópicos de discusión frecuentes en aquellas cenas, repletas de señores barbudos. -¿Quiénes son ellos, papi? -preguntaba Manuela, intrigada ante la invasión de seres tan pintorescamente sombríos. -Ellos son los hombres más puros de este país, Manu- respondió. "Puros". ¿A qué se refería con "Puros"?
Manuela devoraba los libros. Los consumía sin pudor, con descaro. Era respetada y temida. No porque su padre fuera diputado. No. Sino por su inteligencia. Pese a esa hermosa piel canela y su nariz respingada, era la erudición su principal sex appeal. Sin embargo, el apellido compuesto de su padre le generaba no pocos problemas, al menos en una sociedad tan conservadora como la limeña. Prefería las discusiones políticas en el campus de La Católica a los desplantes y cuestionamientos que le hacían en la Plaza Bolognesi. Y vaya si eso le dolía; no se puede hablar de revolución desde la ciudad, no si posees un apellido compuesto.
Manuela pasaba las noches en la terraza de la casa de Miraflores, cerca a la Diagonal. Escuchaba a Atahualpa Yupanqui y creía que la Revolución estaba cerca. No veía las horas en las cuales se iniciara la lucha del campo a la ciudad, y acabar con todo espectro de burguesía. Disfrutaba de esa idea entre clandestinos cigarrillos ecológicos, en el cobijo del invierno limeño. Qué hermosa que era Lima en el invierno. "Puros". ¿A qué se refería con "Puros"?
Aquella mañana de junio llegó la noticia. El ex-diputado había sido asesinado junto a su esposa. Sólo figuraba un cartel que decía "Den Xiao Ping". Manuela entendió inmediatamente. No asistió al funeral, no. Llamó a la tía Pocha diciéndole que cogía el primer vuelo hacia Madrid. Tras colgar el auricular estalló en llanto. -Revisionistas- pensó, y llamó a Genaro.
-Genaro, me voy- dijo con voz inquebrantable.
-Manuela, Ud. sabe más que nadie lo importante de la unidad en estas circunstancias. Lamento lo acontecido, pero esto no puede desviarnos de nuestros objetivos...
-No, Genaro, no- dijo, y tomó fuerzas para continuar sin derrumbarse. -Vanguardia podrá continuar sin mí, y ciertamente sin Ud., Genaro, pero he sido dañada de por vida.
-El Diputado es uno de los hombres más puros que he conocido en mi vida...
-Nunca vuelva a repetir eso, Genaro. Jamás se exprese así de mis padres, ¿me oye? El Partido y esta puta Revolución se pueden ir al carajo y más allá-. Genaro colgó el auricular.
No pasó mucho tiempo hasta que se reincorporara al activismo en Madrid. -Eres hija de tu padre- dijo riendo la tía Pocha. Se inscribió en Ciencias Políticas en la Complutense y resaltó rápidamente. Y disfrutaba esa sensación. No el resaltar, sino el anonimato. Ya no era más una muchacha burguesa jugando a la Revolución. Era una inmigrante, alguien sin historia, una más en la Madre Patria.
Una mañana del mes de mayo, hojeaba un diario peruano cuando dio con la noticia que Genaro había sido apresado y ajusticiado. Genaro había sido un hombre puro, ella lo sabía. Aparentemente tras su miltancia en el MIR había decidido pasar a la clandestinidad y había participado activamente de ese nueva guerrilla. Genaro había sido un hombre puro...
-Me encanta tu trasero- dijo Martín.
-Me voy- dijo ella, mientras se levantaba de la cama.
-Pues pensé que íbamos a pasar el fin de semana juntos, caramba...
-Son cosas que no entenderías, Martín...
-Al carajo con eso. ¡Al carajo tus putadas izquierdistas y pseudorevolucionarias! ¡Me tienes hasta los cojones!
-Martín, te pido me entiendas...
-Lárgate de aquí, revisionista...
-¡Martín!
-Lárgate de aquí...
Martín sabía cómo herirla. Nada podría doler más a Manuela que el que alguien la considerara revisionista. Y entonces entendió que lo había sido. Probablemente Genaro pensó lo mismo antes de colgar el teléfono. Manuela no tenía ideología; era una niña rica jugando a la Revolución. Entonces se supo perdida, pues Martín sabía todo sobre ella, sus debilidades. Martín no la admiraba ni mucho menos. Estaba sola en Madrid; la tía Pocha había fallecido hace un par de años de una embolia.
Cogió el primer vuelo a Lima. Y pensó en cuán avergonzado hubiese estado el Diputado de ella. Él tan puro. Ella tan revisionista...

