lunes, 14 de enero de 2013

Sunday morning - Capítulo 2

(Chicago, IL)
Antonio se miró en el espejo, y sonrió satisfecho; las cosas no podían irle mejor. Era joven, carismático, con un futuro bastante promisorio. Y, por supuesto, un talento único para conquistar mujeres. Se puso su remera favorita, y salió rumbo a su vehículo, un Mustang del 77, a salir por la ciudad sin rumbo fijo. Desde pequeño disfrutaba él de esa independencia, ser dueño de su destino. Dueño de sus pasos, dueño de sus pasiones. Conectó el iPod al reproductor del carro, y Sunday Morning de Maroon 5 invadió el interior del bólido.
Entonces, el adormecimiento en todo el brazo izquierdo reapareció. Intentó olvidarlo, creer que era algo postural, pero, no podía ignorarlo. Simplemente no podía. -La conchadesumadre- murmuró, mientras pisaba el acelerador. Y los recuerdos fueron aún más intensos. Cuando tenía 25 años, fue hospitalizado en un hospital de Manhattan, sometido a múltiples estudios, muchos de los cuáles le parecían estúpidos. -Ellos sólo quieren quitarme todo el dinero, ¿sabes? -le comentó en una oportunidad a la Rochi. -Toño, deja que los médicos hagan lo que saben-, sugirió ella. -No, Rochi, no. Osea, si el problema está en mis ojos, ¿qué hacen tomando resonancias a mi columna? Son peores que los peruanos, por Dios...
Manejaba a 80 por hora. Y amaba esa sensación. Siempre lo había hecho, ser dueño de sí, invencible, único. Giró por la 28 de julio cuando lo vio.
-¡Hey, Simón!- gritó a viva voz. Simón maldijo en silencio. -¿Qué haces por acá, tremendo hijo de puta?- agregó con su magnífica sonrisa.
-Toñito, caramba, qué inesperado. Yo...
-Hombre, el clima está de terror. ¡Vas a morir congelado aquí! Sube y vámonos por ahí, ¡yo invito!
-Oh, gee, Toñito, gracias por la invitación, pero, estoy esperando a la Manu...
-¿Y vas a esperarla aquí, en plena Era del Hielo? Llámala y dile que se encuentran en otra parte, huevón-. Simón maldijo en su interior. ¿Por qué le era tan difícil decir que no? -Simón, hombre, ¿qué pasa? -añadió. Simón subió al Mustang con los ojos llenos de lágrimas. -La conchadesumadre, Simón. ¡La conchadesumadre!
Tenía 25 años, y el futuro le sonreía. Había vivido compartiendo un departamento con 2 personas más. Por fin podría mudarse a Manhattan, vivir quizá en el Midtown, todo un yuppie. Era querido y odiado, signo inequívoco de progreso. Estaba él en una reunión en casa de uno de los directivos, cuando ocurrió. Desde pequeño había aprendido que el éxito consistía en nuna mostrar debilidad, así que se excusó y sólo atinó a llamar a la Rochi; era con ella que podía confesar su vulnerabilidad. Tras la estancia en el hospital, consideró que su periodo en New York había terminado. -Toño, carajo, escúchame- le había dicho la Rochi. -No puedes rendirte por eso, todo lo que deseabas empieza a realizarse y la estás jodiendo. -No, Rochi. Tú sabes qué está pasando, y no puedo dejar que ellos me vean así-. Cogió el primer vuelo a Lima la mañana siguiente. 
-Simón, cholo, no sabes a quién me encontré el otro día.
-Obvio que no lo sé. Es estúpido si pretendes que lo adivine...
-Tranquilo, cholo, que yo acá no tengo culpa-. Simón maldijo una vez más.
-Discúlpame, Toño, es verdad, discúlpame, no quise decir eso...
-Sorry que me meta, cholo, pero, ¿por qué no la dejas? Simón, cholo, eres una persona fabulosa, la más inteligente y correcta que conozco...
-Eso sólo significa que no conoces mucha gente inteligente o correcta...
-Eres guapo, cague de risa, tu carrera está despegando...
-Hablas huevadas...
-La conchadetumadre, huevón. Yo no sé qué tienes con ella, pero te ha jodido la cabeza. Estás embobado, embrutecido. Y no puedes seguir así. Bueno, como sea, me encontré con Loretta. Me preguntó por ti...
Simón maldijo en silencio.

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