Se quedó mirando al techo fijamente. Nada en particular,
simplemente mirando el techo. Sonaba lejano el disco de Fito y los Fitipaldis,
que provenía del estéreo de la sala. -Oh, mataría por un poco de Serrat-,
pensó. ¿Cuánto tiempo se quedaría esta
vez?
Siempre había sido
un alumno aplicado, obtenido buenas calificaciones, querido por sus profesores.
Siempre había sido así. La vida fuera de las aulas le era más complicada. Por
ello prefería los ambientes académicos, donde era respetado y admirado. Entonces,
había tratado de compensar el poco éxito con las mujeres y sus relaciones con el
éxito profesional; cada artículo que publicaba, capítulo que escribía, título
que obtenía, libro que leía, conferencia internacional que dictaba, cada una de
estas cosas eran para él las mujeres que le faltaban. Era un conquistador de
mujeres imaginarias.
Había pasado la
infancia en Jesús María, por la San Felipe. Su niñez fue simpática, y siempre
la recordaba con mucho cariño. Con mucha nostalgia. Solía jugar con los muchachos
del barrio a disecar insectos, y luego volvía a casa alrededor de 6 pm para
tomar la leche. Fue en una de esas oportunidades que descubrió la otra cara de
la vida. Estaba a punto de iniciar una batalla a muerte, rusos versus
americanos -él estaba, por supuesto, en el ejército de los rusos- y creyó
importante estrenar una escopeta que su tío Pancho le
había regalado por navidad; fue a casa temprano y encontró a sus padres
discutiendo. Esto era inusual. No que estuvieran discutiendo, sino que su padre
estuviera ahí.
-Me tienes
podrida. ¿Por qué no te largas de una buena vez?
-Consuelo,
tenemos que pensar como adultos...
-¿Adultos?
Tamaño descaro que tienes. ¿Qué va a pensar el muchacho cuando le diga todo
esto?
-Consuelo,
vamos, no se tiene por qué entrar en detalles...
-Ah, por
supuesto que no. Sólo le diré: "hijito lindo nos vamos del país porque el
hijo de perra de tu padre insiste en jugar a la revolución".
-Tú sabes que
lo hago por Uds. Las cosas se están poniendo calientes afuera, y pueden haber
problemas. El General lo sabe, un día de estos cae el régimen, y todos los que
lo apoyamos nos vamos a la cana. De cualquier modo, el muchacho es inteligente,
crecer allá le va a permitir un mejor futuro...
-Pinga de
comunista que eres tú, ¿eh? Hablas de nacionalismo y quieres que tu hijo crezca
en Europa...
-Me voy a
casar, Consuelo-. Ella lo miró fijamente, mientras una lágrima caía por la
mejilla. Nunca había sentido tanto odio por alguien.
Cuando regresó
al campo de batalla, ante el recriminamiento de sus compañeros por la demora,
dijo que pelearía junto a los americanos. El gordo Félix le dijo que se vaya a
la mierda, que las reglas ya estaban puestas, pero tal discurso fue
interrumpido por un puñetazo, el único que diera en su vida, ante la sorpresa
de todos. Nunca olvidaría la paliza que el gordo le inflingió aquella tarde.
¿Por qué
recordaba ahora todo esto? Eran curiosas las cosas que pasaban por su cabeza
cuando terminaba de follar. Entonces comprendió todo: Ese odio visceral al
comunismo, que tan bien lo había plasmado en artículos inolvidables -como
cuando apoyó a Aznar, por ejemplo-, no eran sino artículos dirigidos a su
padre. Se sintió avergonzado. -Dios, necesito un cigarro- pensó cuando el
celular de carcasa lila empezó a vibrar.
-Martín, ¿me pasas
el iPhone, please?
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