miércoles, 16 de enero de 2013

Sunday Morning - Capítulo 3

(Washington DC)
Se quedó mirando al techo fijamente. Nada en particular, simplemente mirando el techo. Sonaba lejano el disco de Fito y los Fitipaldis, que provenía del estéreo de la sala. -Oh, mataría por un poco de Serrat-, pensó. ¿Cuánto tiempo se quedaría esta vez?
Siempre había sido un alumno aplicado, obtenido buenas calificaciones, querido por sus profesores. Siempre había sido así. La vida fuera de las aulas le era más complicada. Por ello prefería los ambientes académicos, donde era respetado y admirado. Entonces, había tratado de compensar el poco éxito con las mujeres y sus relaciones con el éxito profesional; cada artículo que publicaba, capítulo que escribía, título que obtenía, libro que leía, conferencia internacional que dictaba, cada una de estas cosas eran para él las mujeres que le faltaban. Era un conquistador de mujeres imaginarias.
Había pasado la infancia en Jesús María, por la San Felipe. Su niñez fue simpática, y siempre la recordaba con mucho cariño. Con mucha nostalgia. Solía jugar con los muchachos del barrio a disecar insectos, y luego volvía a casa alrededor de 6 pm para tomar la leche. Fue en una de esas oportunidades que descubrió la otra cara de la vida. Estaba a punto de iniciar una batalla a muerte, rusos versus americanos -él estaba, por supuesto, en el ejército de los rusos- y creyó importante estrenar una escopeta que su tío Pancho le había regalado por navidad; fue a casa temprano y encontró a sus padres discutiendo. Esto era inusual. No que estuvieran discutiendo, sino que su padre estuviera ahí.
-Me tienes podrida. ¿Por qué no te largas de una buena vez?
-Consuelo, tenemos que pensar como adultos...
-¿Adultos? Tamaño descaro que tienes. ¿Qué va a pensar el muchacho cuando le diga todo esto?
-Consuelo, vamos, no se tiene por qué entrar en detalles...
-Ah, por supuesto que no. Sólo le diré: "hijito lindo nos vamos del país porque el hijo de perra de tu padre insiste en jugar a la revolución".
-Tú sabes que lo hago por Uds. Las cosas se están poniendo calientes afuera, y pueden haber problemas. El General lo sabe, un día de estos cae el régimen, y todos los que lo apoyamos nos vamos a la cana. De cualquier modo, el muchacho es inteligente, crecer allá le va a permitir un mejor futuro...
-Pinga de comunista que eres tú, ¿eh? Hablas de nacionalismo y quieres que tu hijo crezca en Europa...
-Me voy a casar, Consuelo-. Ella lo miró fijamente, mientras una lágrima caía por la mejilla. Nunca había sentido tanto odio por alguien.
Cuando regresó al campo de batalla, ante el recriminamiento de sus compañeros por la demora, dijo que pelearía junto a los americanos. El gordo Félix le dijo que se vaya a la mierda, que las reglas ya estaban puestas, pero tal discurso fue interrumpido por un puñetazo, el único que diera en su vida, ante la sorpresa de todos. Nunca olvidaría la paliza que el gordo le inflingió aquella tarde.
¿Por qué recordaba ahora todo esto? Eran curiosas las cosas que pasaban por su cabeza cuando terminaba de follar. Entonces comprendió todo: Ese odio visceral al comunismo, que tan bien lo había plasmado en artículos inolvidables -como cuando apoyó a Aznar, por ejemplo-, no eran sino artículos dirigidos a su padre. Se sintió avergonzado. -Dios, necesito un cigarro- pensó cuando el celular de carcasa lila empezó a vibrar.
-Martín, ¿me pasas el iPhone, please?

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