(Tucson, AZ) "Nunca, nunca renuncies a tus orígenes", sentenciaría mi padre con un imponente dedo índice, allá en mi niñez. Y así ha sido, o al menos eso creo. Mi ascendencia andina nunca ha sido negada sino todo lo contrario. Sangre de Orcotuna y el Valle del Mantaro por la línea paterna, en bellísima mixtura con Izcuchaca y Huancavelica por el lado de mi madre. Claro, todo ello con los matices y modificaciones que demanda el Existencialismo, que podría resumir en, simplemente, no enorgullecerse ni avergonzarse por el linaje étnico que uno posea, pues, ello antecede a uno mismo y no existe mérito o defecto alguno en tal. Por eso es que me producen náuseas todo tipo de nacionalismo.
Dicho esto, he de confesar que hace ya cierto tiempo que algunos cambios me producen una considerable inquietud, pues ¿cómo sino se entiende el placer en pasar las tardes en algún bar, mientras disfruto de una Brooklyn Lager (India Pale Ale, sobretodo), viendo a Los Lakers y Dwight Howard? ¿O esa pasión reciente por la historia americana, la guerra civil y Ben Franklin? Dicho de otro modo, ¿es este un ejemplo descarado de alienación o existen respuestas alternativas? Cual mecanismo de defensa, la intelectualización me obliga a buscar esas respuestas...
Y entonces, quizá todo esto no sea más que darwinismo puro, afán de supervivencia y aceptación dentro de un nuevo grupo, lo que viene a conocerse como mimetismo étnico, una especie de simbiosis intercultural entre seres de distintos orígenes. El hombre como ser social (pese a yo calificar más como antisocial, pero bueno), tiende a relacionarse con sus pares, adoptando normas sociales diversas, que permiten la adaptación y aceptación dentro de un grupo, lo cual permite a las especies animales la supervivencia. O la evolución, si se quiere. Entonces, las modificaciones en el lenguaje, vestimenta, pasatiempos e ideario constituyen los mecanismos -o los efectos adversos- de este proceso de adaptación. Lógicamente, este fenómeno ocurre entre todo emigrante, o, para ponerlo en un lenguaje más romántico, en aquellos que optan por un exilio voluntario.
Entonces, ¿a qué viene toda esta historia? Pues, mano en el pecho, a la paradoja que un individuo autoproclamado como simpatizante de la izquierda y su pensamiento, opte por vivir en territorio imperialista. Y no sólo ello, sino, que lo disfrute. Para ponerle un título ridículo a esta ópera bufa, se me ocurre algo así como Hombre Zurdo en New York. Ridículo, pues...
Emigrar e iniciar una vida en una sociedad distinta, occidental o no es una cosa. Muy distinto resulta mudarse a territorio enemigo, por decirlo de algún modo. Pues, dirán muchos, ¿no sería más consecuente vivir en Rusia, Cuba o China? ¿Cómo se puede renegar de la dictadura del dinero y el capitalismo, mientras uno descansa en territorio estadounidense? Y entonces recuerdo otro de los dictados de mi padre, condimentado por conclusiones que se discutieron en otros ambientes a raiz de otro fracaso de la izquierda peruana: La izquierda carece de técnicos. Abundan los sociólogos, historiadores, filósofos, poetas, músicos, maestros, obreros, pero, técnicos no necesariamente; uno puede tener la mejor de las intenciones, la entereza moral y el empuje y decisión para llevar a cabo las reformas que hace décadas se exigen, pero sin el apoyo de expertos en las áreas de gestión, el esfuerzo será vano. Y ejemplos en la historia latinoamericana abundan. Por doquier. Y el razonamiento de mi padre: "Necesitas de la experiencia y la moral, así como de sellos distintivos para poder ser escuchado. O respetado..." Se refería, entiendo, al éxito profesional, no referido al éxito económico sino al éxito aquel que permite ser un ponente en conferencias nacionales e internacionales de prestigio, autor de capítulos y artículos de opinión en libros y revistas, docente universitario, miembro de distintas sociedades académicas. Y acá suelen haber opiniones variopintas, pero, lamentablemente, sigo considerando que los Estado Unidos de Norteamérica son la mejor alternativa para esa formación.
Pero, ¿el fin justifica los medios? Ir al país que perpetra invasiones a otros países con el pretexto de destruir armas masivas o que alienta los excesos de Israel en territorio palestinto, que alienta golpes de Estado y demás, ¿puede justificarse por la mera búsqueda del éxito profesional? ¿No existen limitaciones a estas prácticas? Y se puede decir que satanizar a la totalidad de un país por los errores y excesos de sus líderes y militares es una tontería, pues, como en cualquier lugar, existe un amplio número de personas maravillosas, la mayoría a decir verdad, y que en los E.E.U.U. existe un amplio bagaje cultural, una mixtura de todos los continentes que conviven en cierta armonía. Pero, no sé Uds., pero esta argumentación me suena a manotazos de ahogado. Este exilio voluntario a territorio otrora aborrecido constituye una primera contradicción...
Pero no basta ahí, pues, si bien algunos entenderán por qué creo conveniente radicar en territorios del Tío Sam, el hecho del disfrute de esta estancia constituye una falta aún mayor. Caminar por sus inmensos malls, entender y gozar sus deportes, sufrir ante las derrotas de los Steelers o discutir de política latinoamericana mientras bebo una Sam Adams en un bar abundante en dardos y mesas de billar, constituye una frivolidad única. O el sucumbir al consumismo, al tan demonizado consumismo. Qué inconsecuencia...
(O escribir un post desde un smartphone, mientras espero al vuelo que ha de llevarme a Houston, TX, corazón del espíritu republicano americano).
Y no acaba ahí, pues, denunciar la política exterior estadounidense mientras disfruto de sus beneficios, constituye otra contrariedad.
¿Es mimetismo cultural? ¿Es alienación? ¿Cómo diferenciar entre una y otra? ¿Importa todo esto?
No lo sé, en realidad. Pero cada vez que convenzo más que las fronteras geográficas importan menos. El nacionalismo per se me interesa un comino. Sigo creyendo en el indigenismo como política de urgencia para el Perú. Y quiero seguir creyendo que todos estos esfuerzos se verán traducidos en beneficios a largo plazo a favor de dicha población. Pero no niego mis orígenes ni mi destinto. El día que lo haga habré muerto un poco más.
No sé Uds., pero, pese a todo lo escrito, no me lo creo. Hay mucho de muerte en esto de anularse de a pocos...
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