Con el transcurrir del tiempo, he comprobado - no sin sonrojante pavor -, lo efímero e ineficaz de un precepto para aplicar a todas las situaciones.
A las distintas comuniones.
Dígame Ud. ¿Cuántas veces no ha deseado respetar los designios que la conciencia mandan?
¿Cuántas veces juró y perjuró que no acabaría, que no cedería nunca en la obsesa lucha por la justicia?
Extraño ese calor adolescente. Esa pasión para entregarse al ideal.
La simpleza de las convicciones. La fuerza de las decisiones.
Queríamos cambiar el mundo.
Cual Víctor Hugo, soñaba con escribir la Biblia de la Humanidad, con la cual otorgar todo tipo de respuestas, que convenzan y conviertan al más vil e ínfame de los infieles.
Soñaba, incluso, vivir junto a ellos, los excluidos -término de por sí ya peyorativo-.
Y, propio de todo egomaniaco, soñaba con mi propia muerte, a lo Guevara, morir por mis creencias, mis ideales, mi filosofía, buena o mala pero mía.
Leía a Kant, renunciaba a todo tipo de religiones, y veía la vida con el gusto de la melancolía.
Ahora, unos años, cicatrices y kilos mayor, bostezo ante cada pincelazo de jóvenes que proclaman la autonomía de su propia rebelión.
Supongo que esto es a lo que se conoce como frustración.
Frustado de las políticas, los libros, las películas, los romances.
Las relaciones más imperfectas son ahora para mí las más sinceras.
Las relaciones pasajeras son las más tolerables, las que menos erizan la piel.
Gritábamos junto a esos otros locos que iba conociendo, que el dinero era una plusvalía.
Que, a lo Drexler, sólo urgía la guitarra (sea lo que eso signifique para cada uno de Uds.) y el amor de nuestra musa (independiente del género de la misma).
Gozábamos de los graznidos de mi guitarra, reíamos con el pisco, leíamos a Vallejo, y cantábamos a Silvio Rodríguez.
Hoy las cosas son - de lejos - mucho más simples y cotidianas, pero en efecto más reales.
Ahora la música de otros es la que mejor me describe. Cada vez que cojo la guitarra es para recordarme cuán diferente soy de aquel infante que soñaba con tanto. Prefiero la ginebra con agua tónica, leo sólo cosas de la profesión, pues resultan menos sádicas. Y si a veces, sólo algunas veces, vuelvo a cantar a Rodríguez, es para arrancar el desasosiego de la vida rutinaria.
Ya no escribo cartas de amor, pues he olvidado como hacerlo. O quizá se ha vuelto demasiado mecánico, y por ende, menos sincero.
La pereza me ha abordado. Ya no persigo a la musa. Creo que ella está mejor - mucho mejor - sin mí. Y a eso yo le llamo amor racional.
Juego con Francesca, la del amor sincero, y disfruto de sus ladridos y mordizcos. La acaricio, cuando por casualidad viene a hacerme compañía, sin que se lo pida, pero llega en el momento preciso.
Escribo una vez al mes - es un decir - a los amigos, quiénes pese al desasosiego aún me tienen cierta estima. Río o lloro con sus ocurrencias. Y a veces - sólo a veces -me reflejo en ellos, en su cansancio.
Si mirara al pasado y leyera lo que escribía años atrás, me moriría de la pena.
La moral que profesaba se ha esfumado.
El pragmatismo resulta más confortable.
Y si escribo esto, es para que Ud., desafortunado lector, abra el baúl de los recuerdos, abandone todo lo que ha venido haciendo sin convicción, y retome el sendero, la lucha, el ideal.
Algo que quisiera hacer, pero ya me da tanto miedo.
Curioso. Ha empezado a sonar Silvio Rodríguez en el tocadiscos...
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